Un poco de mí

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"Un quilombito lindo". Diecinueve años. Mambos y un par de cicatrices. Fobia al fracaso. Odio al chocolate. Amor por los libros (y la birra). Pero sobre todo, con un miedo particular al olvido; por eso escribo, "porque la memoria puede fallar pero lo escrito en este blog no falla, no se borra y no se pierde".

domingo, 26 de marzo de 2017

A donde no querían ir

Creo fervientemente que debería haber un libro sobre cómo crecer y no morir del miedo en el camino. De verdad, yo lo compraría.

Hace unos días me enojé (sin que se enteraran, obvio) con cada persona con la que me topé en mis diecinueve años.
Era uno de esos días en los que las responsabilidades te pasan por encima y el futuro que esperás queda completamente entre neblinas: imposible de divisar.
Estaba enojada porque nadie, nadie, ninguno de ellos me avisó de lo turbulento que es este viaje hacia la "adultez". Nadie.
Es decir, sí, cuando somos pequeños y hablamos sobre lo afortunados que son nuestros padres o tíos de ser independientes, siempre alguno te mira como quien ve a un Caniche ladrando a un Rottweiler y entre sonrisas deja escapar el famoso y para nada agradable "Cuando seas grande vas a querer volver a ser chico".

¡Qué ortiba! ¡Mirá si voy a querer ser chico! Mira si voy a querer para toda mi vida pedir permiso para todo, tener prohibido agarrar el encendedor, no poder ir a lo de mi amiga porque tengo que dormir la siesta, o no poder meterme todos los caramelos que agarré en la piñata en la boca.
Los grandes no tienen que pedir permiso y se compran lo que quieren. Van a ese lugar donde apretan un par de números y les dan piloncitos de billetes violetas. Como si fuera una especie de videojuego: número, número, número, musiquita anunciando lo que viene: billetes violetas. No nos mientan más. Es ridículo.

A veces creo que deberían explicarnos mejor.
Nadie se gasta en ennumerarte las infinitas razones por las cuales, cada ser humano que haya terminado los estudios secundarios (o que tenga más de dieciocho años) te contesta irremediablemente que disfrutes cada segundo de tu infancia. Te dicen que "no vuelve más", como si hablaran del último tren con destino al paraíso de toda tu vida, pero lo dicen con un tono lejano, distante, resignado... Como si esa tan esperada etapa de independización les hubiera arrancado un pedazo del alma.
Como quien ya sabe como van a ser las cosas: vas a crecer y te vas a arrepentir.
Como él, como todos.
Quizás si nos hubieran contado mejor...

Siempre pienso que si me hubieran avisado de lo afortunada que era, lo habría aprovechado mejor: hubiera saltado más charcos, pisado más baldosas flojas, hecho más bromas. También, estoy segura, me hubiera enojado menos. Mucho menos.

Ahora estoy inmersa en un mar de gente que dice ser adulta, que dice que hace lo correcto, que gana mucho o poco dinero. Hablan de sus vidas como si fuera nada. Como si supieran que no es algo digno de ser contado.
Hablan tanto y, sin embargo, no dicen nada: nunca los he escuchado hablar de felicidad.
Siempre corriendo, tomando subtes, trenes, colectivos, taxis. Tomándose cafés para aguantar un poco más lo inaguantable. Haciendo una religión de eso.
Pero nunca los he escuchado hablar de sus sueños.

Me pregunto si habrán cumplido sus expectativas, si sus versiones adolescentes estarían orgullosos si los vieran hoy.
Los miro y trato de descifrarlo. Los miro y los veo tan duros. Y me da miedo.
Eso me da miedo. Ser como ellos.
Me da miedo crecer y dármela de dura.
Me aterra la posibilidad de ser como todos los demás. Convertirme en un ente que, con aire desencantado y lamentándose, se consume y angustia al hablar de todo eso que quiso ser y no pudo porque otro afligido, que no entiende qué le ha ocurrido, le dijo que eso no lo iba a conducir hacia donde un "verdadero adulto" debe ir.

Eso odio. Esa falsa convicción. Esa defensa descarada y deshonesta de la edad madura cuando en realidad solo quisieran llorar como nenitos y cuestionar el porqué de haber llegado a donde no querían ir.

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