Un poco de mí

Mi foto
"Un quilombito lindo". Diecinueve años. Mambos y un par de cicatrices. Fobia al fracaso. Odio al chocolate. Amor por los libros (y la birra). Pero sobre todo, con un miedo particular al olvido; por eso escribo, "porque la memoria puede fallar pero lo escrito en este blog no falla, no se borra y no se pierde".

jueves, 4 de agosto de 2016

Fra A. Caso

Otra vez él.
Lo escucho a lo lejos. Escucho su risa. Se va acercando. Tengo miedo. Un hilo frío recorre mi cuerpo. Me tapo los ojos con las palmas de mis manos.
Se acerca. Está ahí. ¿No lo oyen? ¿No lo sienten? El frío...¿no lo sienten?
Lo escucho más fuerte. Tiemblo.
Lo veo. Me mira y se ríe. Me hago chiquitita. Se agarra la panza con una mano, se encorva, sigue riendo y me señala con la otra.
"No quiero más", pienso. 
Algunos me dicen que lo ignore, que ya se va a cansar. Otros, los más crueles, me dicen que la culpa es mía, que yo me dejo.
Su nombre me lastima. 
Otra vez él.
Sus dos manos me atrapan, me sacuden y me tiran. Y me pegan. 
Dos, tres, cinco veces.
No tengo más fuerza.
Me agarra del pelo y me susurra al oído que me lo gané. Que ésto es lo que merezco.
Otro golpe en la cabeza y ya perdí la cuenta. Y la fuerza y las ganas y la voz. 
Me quedo callada, hecha un bollo en un rincón; él frente a mí, no me animo a mirarlo a los ojos.
Me observa. Siento el peso de sus ojos sobre mí.
Se ríe: soy su mejor chiste. 
Su presencia me convierte en todo lo que no soy. 
Me encuentro rezándole a un Dios, al Universo, a quién sabe qué o quién que pare. Por favor. 
Pierdo la cuenta de las veces que digo "por favor".
Me levanta. Me ahorca y me susurra al oído, otra vez. 
No respiro. No respiro. No respiro.
Me suelta y caigo al suelo. Se ríe. Me hago más pequeña.
Siempre la misma secuencia. Una y otra y otra vez...
Está ahí, siempre. No se despega de mí. Y es así que no solo conoce mi nombre, mi edad, mis disgustos, mis no-amores, también se sabe de memoria cual ABC cada cicatriz y su historia. Tiene contadas mis lágrimas, una por una, en su diario. Le gusta anotarlas: son sus trofeos. 
Su color favorito es el no-luz. Yo le digo que, entonces, es el negro. Él me dice que no y me obliga a callarme. Mi opinión no es de su importancia.
Sí, de vez en cuando conversamos...
Para ser sincera no lo veo como un mal tipo, sino como uno desdichado. No me animaría a decírselo, claro, pero realmente no es más que un pobre tipo.
Cada tanto admite no poder vivir sin mi, me acaricia la mejilla y repite el mismo ¿piropo? Según él, soy de las minas más lindas cuando lloro. Que le complace verme chiquitita porque él se siente grande, confesó. Que le gusto así: entre llantos pero calladita, cabizbaja, pequeñita cual hormiga.
A decir verdad no puedo negar que es un hombre misterioso, logra causar intriga en mí y eso me cautiva. Cada tanto me deja ponerme en mi futuro papel de periodista y preguntarle todo. No suele contestar mucho, generalmente solo me mira y me dice que doy asco, que no le ponga fichas a eso. En sus peores días: que no le ponga fichas a nada... Ni a mi.
Vuelvo a agachar la cabeza y su presencia se agranda.
Sin embargo él se ve como un Señor y por ende debo tratarlo de "usted".
"Usted, Señor Fracaso, ¿es feliz viéndome caer?" 



1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encanta, esa forma tan exacta de describir la fobia que padecemos algunos al fracaso. Un abrazo chini