Un poco de mí

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"Un quilombito lindo". Diecinueve años. Mambos y un par de cicatrices. Fobia al fracaso. Odio al chocolate. Amor por los libros (y la birra). Pero sobre todo, con un miedo particular al olvido; por eso escribo, "porque la memoria puede fallar pero lo escrito en este blog no falla, no se borra y no se pierde".

sábado, 11 de mayo de 2013

Pánico.

"Trastorno de pánico", me dijo. Tengo ataques de pánico. Los calambres, la presión en el pecho, el miedo, la desesperación, las palpitaciones, la forma en la cual se me cancelan los oídos y me siento flotar. Flotar en la nada. Un "nada" con muchas caras, formas y colores igual a la realidad pero distinta, vista desde otro punto, un punto totalmente desconocido para mí y que si podría evitarlo estén seguros de que lo haría. Las lucecitas que me persiguen. El miedo de morirme en ese mismo instante, nunca le tuve tanto miedo a la muerte... Y para ser sincera, nunca le tuve miedo a MÍ muerte.
Hoy, le tengo miedo a verme sola con un ataque, le tengo miedo a los calambres, al sentir que mis oídos poco a poco se van tapando. Vaya uno a saber con qué se tapan: ¿serán esas palabras que nunca dije? ¿serán esas frustraciones que ya no encuentran lugar en mí y de repente rebalsan? ¿o serán esos recuerdos oscuros de aquel pasado violento? Ojalá pudiera saberlo. Le tengo miedo, también, a encerrarme, al no poder salir a la calle. Le tengo miedo al miedo. Le tengo miedo al "¿qué será de mí en unos cinco años?". 
Hoy, me veo en manos de un psiquiatra que me escucha y al parecer, todo indicaría que me entiende, que por fin, alguien más que algún lector se interesa por mis respuestas frente al  "¿todo bien?". Que por fin alguien se sienta para mí, para escucharme y decirme las cosas como son y sin miedo a mis vivencias. Sin miedo a mis historias. Sin ojos juiciosos. Pude decir todo lo que hace tanto guardaba. Y lloré y reí, y pude decir cuánta mierda viví (o me hicieron vivir). Fue como escribir acá pero con respuestas de por medio. Con opiniones, con ojos, con una cara. Y una voz. Y crucé la puerta feliz, con una paz que hace mucho no sentía, una paz que capaz ni siquiera recuerde cuándo fue la última vez que llegó a mí. Pude descargar cada uno de esos problemas que absorbí, problemas que no me pertenecen pero que los hice míos y hoy, forman parte de mis kilos. Me vi segura de mis palabras, me vi segura de mí, de lo que fui y lo que soy hoy, y vomité cada una de mis historias. Me vi confiada de pronunciar palabras a las que nombraba entre susurros o en forma de letras. Pude dar mi visión sobre tantísimas cosas. Fui yo.
Hoy, me veo acompañada de Clonazepam, que dice ser la cura frente a tanta angustia hecha persona. Y a decir verdad, me causa un poco de inseguridad. Inseguridad de que éste se vuelva un vicio, terror de salir de una y meterme en otra (algo que tanto me identifica); otra que no sé si es peor pero basta con saber que tampoco es mejor. Y con eso me basta y sobra.
Sólo sé que no quiero vivir con el miedo continuo de sufrir un ataque de pánico y esas ideas de muerte inminente al entrar en crisis. Entendí y pude recordar síntomas, reacciones, señales que mi organismo ocasionaba para que lo escuche y no pude captarlas, y no les dí importancia alguna. Las ignoré. Señales que con el pasar del tiempo se hicieron mayores en fuerza y síntomas y ya no pude controlarlas. El pánico se apoderó de mi cuerpo, de mis sentidos. Y de a poco fue ocupando lugar en mi vida diaria: en mi colegio, en mis entrenamientos, en mis tiempos libres. Sacándome por la fuerza el protagonismo.
Hoy, así estoy.

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